
– Los mayas desaparecieron hace siglos. Ahora todo eso es selva y ruinas -dijo ella jugando con la vanidad de su marido.
– Todo eso es un paraíso. Tú lo vas a ver -contestó Diego levantándola del sillón de bejuco en que tejía y empujándola hacia su cama mientras le desabrochaba el camisón.
Una hora más tarde Josefa abrió los ojos y aceptó:
– Tienes razón, es un paraíso.
– ¿Verdad? -dijo su marido mientras le acariciaba la redonda y palpitante barriga. Luego, volvió como vuelven los hombres a la tierra y preguntó: -¿Tendrás algo de comer?
Esperaba, recordando las palabras de su amigo el doctor Octavio Cuenca acerca de la relación exacta entre el momento en que una embarazada entra en febril actividad y la cercanía de su parto, cuando sintió a Josefa volver de la cocina como un relámpago.
– Me está saliendo agua -dijo.
Diego saltó de la cama como si estuviera viéndola caerse, pero Josefa adquirió de golpe una calma propia de quien ha parido diez criaturas, y sin más tomó las riendas del asunto, negándose a que Diego llamara a un doctor en su ayuda.
– Tú me juraste que te harías cargo solo -recordó Josefa.
– ¿Cuándo? -preguntó Diego.
– La noche del día en que nos casamos -le contestó Josefa para terminar la discusión y dedicarse de lleno al escándalo que recorría su cuerpo.
Por mucho tiempo había creído que aquel dolor sería como un lujo. Durante las horas que siguieron no lo dudó ni un minuto, pero hasta el último rincón de su cuerpo aprendió entonces que algunos lujos cuestan lo que valen y que la íntima orgía de parir es, más que un dolor, una batalla que por fortuna se olvida con la tregua.
Nueve horas después, Diego le puso entre los brazos el cuerpo lustroso y cálido de su criatura.
– Ya ves cómo adiviné -dijo él soltando unas lágrimas gordas que le corrieron por la cara hasta que se las chupó con la lengua antes de sonreír.
