Acaso les quedaron resquicios desconocidos, pero no muchos más de los que cada quien desconoce de sí mismo. Así que se dedicaron a buscar la llegada de un hijo que les contara lo que ni ellos imaginaban de sus deseos y sus alcurnias. Seguros de que habían hecho todo lo necesario para engendrar un ser humano sin conseguirlo, decidieron intentar lo que siempre les había parecido innecesario: desde beber infusiones de una yerba llamada Damiana por Josefa Veytia y Turnera diffusa por los conocimientos botánicos de Diego Sauri, hasta contar las lunas para conocer los días fértiles de Josefa y enfatizar entonces la pasión de sus cuerpos que de tanto empeño se habían puesto aún más briosos y precipitados que de costumbre.

Todo esto, apoyándose en las consultas y siguiendo los consejos del doctor Octavio Cuenca, un médico con el que Diego había intimado la primera tarde rojiza que pasó en la ciudad de Puebla, y al que con los años y los descubrimientos compartidos quería como a un hermano con jetatura.

Desde que la menstruación sorprendió la precoz adolescencia de Josefa Veytia, un fiero y venturoso mayo, hasta esas fechas, ella había recibido la roja visita con la luna en cuarto menguante, así que a los trece días de esa luna, Diego Sauri cerraba la botica y ni el periódico leía durante los siguientes tres. Sólo descansaban de su intensa labor creadora para que Josefa diera unos tragos enormes del agua en que hervía por dos horas el bulbo de unas flores parecidas a los lirios, que la yerbera del mercado llamaba Oceoloxóchitl y su marido Tigridia Pavonia. Él había encontrado su nombre científico y la descripción de sus efectos curativos en el libro de un español que en el siglo XVI recorrió la Nueva España haciendo el recuento de las plantas usadas por los antiguos mexicanos.



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