
Vivieron varios años regidos por la desazón de que sus cuerpos, tan hábiles para encontrarse, no lo eran para salir de sí mismos, hasta que un día trece, Josefa se vistió de madrugada, y cuando su marido abrió los ojos al deber de hacerle un hijo, encontró vacío el lugar que ella entibiaba con su cuerpo en el lado izquierdo de la cama.
– Ya no juego -dijo al verlo entrar a la cocina, buscándola con el asombro todavía en la cara-. Abre la botica.
Diego Sauri era uno de esos extraños hombres que respetan sin preguntas los designios de la autoridad divina encarnada en su mujer. Le había costado mucho tiempo de estudio su condición de agnóstico, había incluso convencido a Josefa de que Dios era un deseo de los hombres, pero contaba con el Espíritu Santo que presentía entre las sienes de aquella dama. Por eso fue a vestirse y bajó a olvidar la pena entre los matraces, las balanzas y los olores de la botica que atendía en el primer piso de su casa. No volvió a pedirle nada hasta varios días después. Un amanecer, cuando la luz empezaba a hundirse en la tiniebla de su recámara, se atrevió a preguntarle si quería que lo hicieran porque sí. Josefa asintió, recobró la paz y no se volvió a hablar del, hijo. Poco a poco, hasta creyeron que sería mejor de aquel modo.
