
En el año de 1892, Josefa Veytia era una mujer de treinta y tantos que se había acostumbrado a caminar con la espalda orgullosa de una bailarina de flamenco, que despertaba siempre con un plan nuevo en la cabeza y se dormía siempre después de haberlo llevado a cabo, que coincidía con su marido en la hora de los deseos y jamás le negó el placer de saberse acompañado en el juego que tantos hombres juegan solos. Siempre tenía entre los ojos hundidos y redondos una pregunta, y en el borde de sus labios la paz contagiosa de quien no urge las respuestas. Usaba el cabello levantado sobre la nuca altiva que a Diego le gustaba besar a media tarde, como un anticipo de la luz con que su cuerpo desnudo iluminaría el anochecer. Por si fuera poco, Josefa tenía el don que equilibra la necesidad de las palabras con la premura de los silencios. Las conversaciones entre ellos no se morían nunca. A veces hablaban hasta la medianoche como si apenas acabaran de conocerse y otras los despertaba el alba urgidos de contarse el último sueño.
La noche en que descubrió que la luna había crecido al doble del tamaño que tenía siempre cuando la primera mancha roja sobre sus blanquísimos calzones le anunciaba el tormento que eran sus menorragias, Josefa inició el coloquio diciendo que sentía miedo. Ella no conocía nada más puntual que su agónica menstruación: faltaban tres cuartos para las once de la mañana cuando por primera vez la sintió correr entre sus piernas, un sábado cinco de mayo en que la ciudad toda temblaba de olor a pólvora y orgullo, poco antes de iniciarse un simulacro de guerra con el que se festejaba el triunfo sobre el ejército invasor francés, varios años atrás. Cuándo la campana mayor de catedral sonó ronca para anunciar que había llegado la hora del combate, ella y su hermana Milagros estaban en el balcón, saludando con pañuelos a los grupos de tropa y pueblo armado que atravesaban las calles para cubrir las trincheras y las alturas de los templos. El mundo de entonces tenía el hábito de la guerra, y celebraba los grandes peligros como un vértigo de la costumbre. Como parte de ese mundo, Josefa sintió correr la sangre por sus muslos y en lugar de aterrarse giró en redondo gritando: "¡Estoy herida, pero no me pienso rendir!"
