Y ahora esto -agregó ella yendo al pie de la página cinco-: «Ministra de la UE confiesa haber sufrido acoso sexual en su anterior puesto de trabajo.» -Brunetti conocía también este caso: una comisaria de la Comisión Europea, no recordaba cuál era exactamente su cargo, sin duda, uno de esos de poca monta que se adjudican a las mujeres, había dicho la víspera, en una conferencia de prensa, que hacía veinte años, cuando trabajaba en una empresa de ingeniería civil, había sido víctima de acoso sexual.

Brunetti, que durante sus más de veinte años de vida conyugal había aprendido a ejercitar la paciencia, aguardaba la explicación de Paola.

– Es inconcebible cómo puede habérseles ocurrido utilizar esa palabra. La signora Prato no tuvo que confesar que había sido víctima de un secuestro, pero esa otra pobre mujer confesó que había sufrido una agresión sexual. Y qué típico de estos trogloditas -añadió Paola, dando un manotazo al periódico- no explicar lo que ocurrió y decir sólo que fue sexual. Dios, no entiendo por qué nos tomamos la molestia de leerlo.

– Sí, es increíble -convino Brunetti. También a él le chocaba la palabra empleada en ese contexto, pero le contrariaba sobre todo el hecho de no haber detectado su improcedencia hasta que Paola se la había señalado.

Hacía años que él ironizaba cariñosamente acerca de lo que llamaba los «sermones del desayuno» de su mujer, las diatribas que inspiraba en Paola la lectura de los periódicos de la mañana, pero, con el tiempo, se había convencido de que su rabia estaba justificada.

– ¿Tú nunca has tenido que tratar con un caso de éstos? -preguntó ella. Le acercaba el periódico doblado mostrándole la mitad inferior, por lo que Brunetti comprendió que no se refería al secuestro.

– Una vez, hace años.

– ¿Dónde?

– En Nápoles. Cuando estaba destinado allí.

– ¿Qué pasó?

– Acudió una mujer diciendo que la habían violado. Quería presentar una denuncia. -Él hizo una pausa, indagando en la memoria-. Había sido el marido.



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