Paola, a su vez, hizo una pausa, no menos larga.

– ¿Y?

– Del interrogatorio se encargó mi comisario.

– ¿Y?

– Dijo a la mujer que pensara bien lo que hacía, que aquello podía causar muchos problemas al marido.

Esta vez, bastó el silencio de Paola para inducirlo a continuar.

– Ella lo escuchó, dijo que necesitaba tiempo para pensarlo y se fue. -Brunetti aún recordaba el abatimiento que la mujer llevaba marcado en los hombros al salir del despacho en que había tenido lugar el interrogatorio-. No volvió.

Paola suspiró y preguntó:

– ¿Han cambiado mucho las cosas desde entonces?

– Algo.

– ¿Para mejor?

– Mínimamente. Por lo menos, procuramos que el primer interrogatorio lo hagan agentes femeninas.

– ¿Procuráis?

– Si hay alguna de servicio.

– ¿Y si no?

– Tratamos de localizarla por teléfono.

– ¿Y si no puede ir?

Brunetti se preguntaba cómo había podido convertirse el desayuno en un tercer grado.

– Si no puede, se encarga del interrogatorio quienquiera que esté disponible.

– Lo cual significa, supongo, un hombre como Alvise o el teniente Scarpa. -Su repugnancia era patente.

– En realidad, Paola, no es un interrogatorio como el que se hace a un sospechoso.

Ella señaló el segundo titular del Gazzettino, con un impaciente repique de la uña.

– En una ciudad en la que esto es posible, asusta pensar lo que pueda ser cualquier tipo de interrogatorio.

Él iba a protestar cuando ella, que quizá lo intuía, cambió de tono de repente para preguntar:

– ¿Cómo se te presenta el día? ¿Vendrás a almorzar?

Él se sintió aliviado y, consciente de que tentaba la suerte pero sin poder contenerse, respondió:

– Creo que sí. Parece que en Venecia el crimen se ha ido de vacaciones.



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