
– Ojalá pudiera yo decir lo mismo de mis alumnos -suspiró ella con cansada resignación.
– Paola, si no hace más que seis días que has empezado las clases -le recordó él, sin poder contenerse. Le hubiera gustado que alguien le explicara cómo su mujer había podido monopolizar el derecho a quejarse de su trabajo. Al fin y al cabo, él tenía que enfrentarse, si no todos los días sí con lamentable frecuencia, a asesinatos, violaciones y agresiones, mientras que lo peor que podía ocurrir en la clase de ella era que alguien preguntara la identidad de la Dama Morena o se olvidara de lo que pasaba al final de Washington Square. Iba a hacer un comentario al respecto cuando vio la expresión de sus ojos.
– ¿Qué ocurre? -preguntó.
– ¿Eh?
Brunetti detectaba fácilmente la evasiva en la voz y en el gesto.
– Te he preguntado qué ocurre.
– Oh, alumnos difíciles. Lo de siempre.
Nuevamente, él reconoció las señales: su mujer se resistía a hablar. Se levantó, fue hacia ella, le apoyó la mano en el hombro y le dio un beso en el pelo.
– Nos veremos a mediodía.
– Con esa única esperanza viviré -respondió ella, inclinándose para recoger el azúcar.
Al quedarse sola, Paola se enfrentó a la alternativa de acabar de leer el periódico o fregar los cacharros, y optó por los cacharros. Terminada la tarea, miró el reloj, vio que faltaba menos de una hora para la única clase del día y volvió al dormitorio a acabar de vestirse, absorta, como tantas veces, en la obra de Henry James, aunque ahora, concretamente, en la medida en que este autor hubiera podido influir en Edith Wharton, cuyas novelas serían el tema de la lección.
Recientemente, Paola había tratado del tema del honor y la conducta honorable, en torno al que giraban las tres grandes novelas de Wharton, pero la preocupaba si el concepto tendría el mismo significado para sus alumnos. Esa mañana deseaba hablar de ello con Guido, porque respetaba sus opiniones sobre la cuestión, pero la había distraído aquel titular.
