Meredith observó con atención la esbelta figura embutida en el elegante traje de novia de color azul pálido, tomando nota de cada detalle, desde la desnuda línea recta de la nuca hasta los elaborados fruncidos de los volantes. Una sonrisa de satisfacción empezó a esbozarse en sus labios, pero la retuvo con firmeza. No se podía ser demasiado efusiva cuando se estaba negociando con madame Renée, la modista más exclusiva de Oxford Street. Por cada cumplido que recibía, se veía claramente impelida a aumentar sus ya exagerados precios.

– Está usted muy hermosa, lady Sarah -dijo Meredith-. Lord Greybourne se quedará prendado en cuanto la vea.

Un suave aleteo de algo que se parecía sospechosamente a la envidia estremeció a Meredith, sorprendiéndola e irritándola. Apartó ese sentimiento a un lado, como si fuera un insecto que la molestara, y miró a la hermosa joven que estaba de pie frente a ella. El orgullo sustituyó inmediatamente la errante punzada de envidia.

La verdad era que había llevado a cabo los preparativos en nombre de lord Greybourne de una manera brillante. Lady Sarah era un diamante de primera calidad. Dulce, inocente, responsable, con un temperamento amable, una conversación alegre y una voz cantarina que podía rivalizar con los ángeles, y un formidable talento para el piano. Las negociaciones que Meredith había llevado a cabo entre el padre de lady Sarah, el duque de Hedington, y lord Greybourne, el conde de Ravensly, habían sido difíciles y complicadas, incluso para una casamentera de su experiencia. A pesar del escándalo provocado por el hecho de que, tres años atrás, Lord Greybourne no hubiera regresado a Inglaterra -abandonando su vagabundeo por los agrestes parajes de países exóticos- para hacer los honores al matrimonio dispuesto por su padre en su nombre, unido al hecho de que incomprensiblemente hubiera decidido apartarse de las comodidades de la alta sociedad para vivir en condiciones «incivilizadas» -donde abundaban las costumbres bárbaras- para estudiar restos antiguos, el título y las relaciones familiares de lord Greybourne le habían salvado de convertirse en un solterón sin esperanzas.



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