
Pero ella consiguió convencer a lord Hedington. Una mueca de satisfacción relajó los labios de Meredith, y tuvo que hacer esfuerzos para no dejarse llevar por sus impulsos y darse una palmadita en el hombro. Gracias a sus «inspirados» esfuerzos -se veía obligada a decirse-, la boda más esperada de la temporada tendría lugar dentro de dos días en la catedral de St. Paul. Iba a ser una boda tan sonada, un matrimonio tan importante y del que tanto se iba a hablar que dejaría asegurada la reputación de Meredith como la mejor casamentera de Inglaterra.
Desde que se anunciara la boda dos meses antes, no dejaban de requerirla madres ansiosas, invitándola a tomar el té y a veladas musicales, preguntando su opinión acerca de los pretendientes que convendrían a sus hijas. E informándose de cuáles de los solteros estaban dispuestos a elegir novia aquella temporada.
Como ya había hecho en múltiples ocasiones durante los últimos meses, Meredith volvía a preguntarse por qué un hombre nacido en los escalafones más elevados de la alta sociedad, el heredero de un condado, un hombre que nunca habría debido malgastar su vida haciendo otra cosa que no fuera disfrutar de los placeres de la vida, había pasado una década viviendo en condiciones salvajes y buscando en excavaciones restos que habían pertenecido a personas ya «muertas». Meredith daba vueltas en su mente práctica a cada uno de esos pensamientos. Estaba claro que lord Greybourne abrigaba ciertas tendencias y creencias poco usuales, y -pensó estremecida- sus maneras seguramente necesitarían ser desempolvadas. Incluso el padre de lord Greybourne había insinuado que su hijo podría necesitar un poco de «lustre».
