–  ¡Mon Dieu! -llegó hasta ellas la voz de madame Renée desde el otro lado de la puerta abierta-. ¿Qué ha pasado?

– Lady Sarah se encuentra indispuesta -contestó Meredith intentado que su voz sonara tranquila. Colocó una mano sobre la frente de lady Sarah, y se tranquilizó al no notar síntomas de fiebre-. Tiene un fuerte dolor de cabeza.

– Ah, no se preocupe, mademoiselle Meredith, siempre les sucede lo mismo a las novias nerviosas -dijo madame Renée-. Le prepararé una de mis tisanas especiales y enseguida se volverá a sentir tres magnifique. -Chasqueó los dedos.

Meredith observó el rostro pálido de lady Sarah y rezó para que el diagnóstico de madame Renée fuera correcto. Por lo menos todavía faltaban dos días para la boda. Seguramente sería tiempo más que suficiente para que lady Sarah se recuperara.

Y sin duda así tenía que ser.

2

Andando de una punta a la otra del pequeño salón privado que habían habilitado en un rincón al lado de la sacristía de St. Paul, Philip Whitmore, vizconde de Greybourne, rezaba con todas sus fuerzas para que la novia no se presentara.

Su estómago estaba agarrotado por la tensión; extrajo el reloj del bolsillo de su chaqueta y consultó la hora. Aún faltaban varios minutos para que diera comienzo la ceremonia. ¿Se presentaría lady Sarah? «Que Dios me ayude si lo hace.»

Maldita sea, en qué situación completamente imposible se encontraba. ¿Habría logrado que lady Sarah le comprendiera? Solo había tenido una oportunidad para hablar con ella en privado, cuando habían estado cenando la noche antes en la casa que su padre tenía en la ciudad. Debido a una caída que había sufrido aquella mañana y al haberse sentido luego indispuesta por un dolor de cabeza, lady Sarah no había podido estar presente en la cena. Lord Greybourne cerró los ojos. «Primero una caída y luego un dolor de cabeza.» Por todos los demonios, había temido que pasara algo parecido.



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