Sacudiéndose las manos como si quisiera eliminar un rastro de suciedad, frunció el entrecejo irritada por sus rocambolescos pensamientos. Caramba. No importaba qué le parecía aquel hombre. Lo que importaba ahora era lady Sarah y la boda. Sorteando montones de hileras de rollos de telas de seda estampada, de satenes, de lanas y de muselinas, volvió a correr la cortina que separaba el área de los vestidores. Encontró a lady Sarah con las manos y las rodillas apoyadas en el suelo, intentando levantarse. Meredith se apresuró a ayudarla.

– ¡Lady Sarah!, ¿qué le ha pasado? -dijo ayudando a la joven muchacha a ponerse en pie.

El hermoso rostro de lady Sarah se arrugó en una mueca de dolor.

– Intentaba ver qué era lo que estaba pasando ahí fuera, pero cuando iba a bajar de la plataforma del vestidor tropecé con el dobladillo y me caí.

– ¿Se ha hecho usted daño?

– Creo que no. -Lady Sarah se sacudió los brazos y las piernas, y enseguida su expresión se relajó-. No me he hecho daño. Solo me he lastimado un poco el orgullo, nada más.

Antes de que la tranquilidad pudiera volver a Meredith, lady Sarah se colocó una mano en la frente y se agarró con la otra a la manga de Meredith.

– ¡Oh, querida!, qué dolor de cabeza tan espantoso.

– ¿No se habrá golpeado la cabeza al caer?

– No…, al menos no me lo parece. -Cerró los ojos-. Oh, creo que necesito tumbarme un rato.

Al momento, Meredith acompañó a lady Sarah hasta la silla tapizada de cretona que estaba en un rincón de la habitación, y ayudó a la joven a que se reclinara sobre unos cojines.



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