– Un vino blanco, frío. Y soda también -dijo Etchenaik.

Mientras le traían la botella empezada y el sifón, sintió la frescura del piso de cemento, el rumor apagado de la heladera, el roce íntimo de las alpargatas del cantinero en la trastienda. Se estaba muy bien allí.

De pronto, en la mesa de los muchachos subió el tono. Hubo un real envido discutido y el desenlace en el truco. Los perdedores se levantaron en medio de una sonora pedorreta.

– Tres fichas, don Pocholo -dijo uno petiso y enrulado.

El patrón buscó en el cajón y se las alcanzó.

– A ver si pones algo bueno -dijo.

El pibe consultó el tablero y colocó la ficha. Se encendieron las luces y hubo un siseo de púa. La música no estalló sino que fue creciendo, un rumor que invadió de a poco la penumbra. Era un tango. La orquesta tenía el sonido rápido y lujoso del '40. Vino una cascada de violines, el floreo del piano y después:

«Trenzas, seda dulce de tus trenzas, luna en sombra de tu piel y de tu ausencia…»

– Este es Triarte con Caló -pensó Etchenaik con la copa detenida en el aire-. Aunque podría ser, también…

Hubo un ruido seco y la música se desinfló como herida mientras se apagaban los colores. El hombre, con el cable arrancado en la mano, los miraba morir…

5. Un viento seco, minucioso

El cantinero salió de atrás del mostrador y caminó hacia el hombre que permanecía junto al aparato como después de un duelo clásico, una victoria sin gloria contra algo suyo.

– ¿Por qué hiciste eso, Marcial? -dijo desalentado. Y no era una pregunta.

El otro no contestó. Dio media vuelta, volvió a su lugar y se empinó el resto del vino.

En la puerta se oían las risotadas de los muchachos pero él permanecía ajeno a la burla o al reproche. Sólo se dejaba estar frente al vaso vacío y nada más. Ni un gesto.



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