Etchenaik se acercó y se sentó frente a él.

– Permiso.

Marcial no levantó la mirada ni contestó. El cantinero discutía afuera con los muchachos, se quejaba.

– Tardé en reconocerlo… -dijo Etchenaik-. Usted es Marcial Díaz. Y la grabación es con Maderna; será del '49…

El otro no se movió.

– Del '48 -dijo-. Y váyase.

Tendría alrededor de sesenta años y estaba gordo y cansado. La cara gastada, como si la hubiera expuesto durante años a un viento seco y minucioso.

– ¿Por qué lo hace, Marcial?

– ¿Qué cosa?

Etchenaik señaló el aparato ahora silencioso, el cable roto.

– No se meta, viejo. Déjeme tranquilo. -Marcial se estiró en la silla despidiéndose.

– Es un tangazo -dijo Etchenaik, alcanzándole algo antes de que se fuera-. Y también las cosas con Rotundo.

El otro apenas esbozó una sonrisa que fue una disculpa, una evasiva, y se levantó. Etchenaik lo vio salir, interrumpir el rectángulo de luz como un gran barco escorado de velas marchitas.

Los gritos de la calle se interrumpieron un momento pero en seguida se encresparon en puteadas y maldiciones. Hubo un forcejeo y después el golpe de un cuerpo pesado contra la puerta.

Etchenaik corrió a la vereda y encontró a Marcial caído y a uno de los muchachos tironeándole el brazo.

– Larga, vos -dijo, y lo agarró del cuello.

El otro soltó, lo miró azorado.

– Yo no hacía nada, señor.

Sin hablar, Etchenaik lo levantó en peso y lo tiró contra el árbol más cercano. El pibe pegó la cabeza contra el tronco.

– ¡Eh! ¿Qué hace? ¿Está loco? -eran los otros que volvían.

Antes de que pudiera darse vuelta le cayó encima un flaquito. Lo recibió sobre los hombros, giró y con un brazo lo sentó en un charco junto al cordón. El otro que se venía frenó de golpe y lo puteó mientras retrocedía.



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