– Por ahí no labura esta noche -dijo el veterano sin convicción.

– ¿No será el dueño?

Etchenaik recordó al hombre semiderrumbado sobre la mesa del bar, sus síntomas de todas las derrotas.

– Difícil.

El barullo los hizo volver la cabeza. Un contingente de turistas acababa de bajar del micro de un tour y entraba a la cantina entre exclamaciones.

– ¿Y qué hacemos? -preguntó Tony al voleo, distraído en el trasero de una brasileña que brillaba como las escamas de un dorado.

– Entremos. Vos trata de localizar a ese amigo tuyo.

Se acodaron al mostrador mientras los turistas ocupaban las mesas tendidas entre guirnaldas de colores, cabezas de vaca, rebenques, lazos y un retrato de Carlitos que presidía. En ese momento empezó a sonar un malambo que hizo retemblar los vasos.

– No está. Es gente nueva y no lo conocen -dijo Tony.

– Por lo menos comeremos algo.

Se instalaron al fondo, junto a la puerta del baño y bajo una hilera de jamones. Por un rato no hubo novedades. Pidieron ravioles con un litro de tinto. Después, otro medio. Cada tanto llegaba un nuevo puñado de turistas programados.

– Un café y nos vamos, gallego. Ya no pasa nada -dijo Etchenaik a las doce menos cuarto.

– Espera, creo que empieza el espectáculo.

No sólo el espectáculo. Ahí empezaba todo.

9. El día del cartero

Había descendido levemente el nivel de las luces cuando el flaco de saco dorado se encaramó de un saltito sobre la pequeña tarima en el extremo opuesto del local y se presentó como Sergio del Rey. Revoleó el jopo, dijo tres pavadas en portugués y le hizo un chiste a una rubia nórdica y grandota como un muñeco de nieve que ocupaba la primera mesa y tapaba medio escenario. Después dio un paso al costado y presentó a la cantante melódica ¡Hildaaaa Sanderssssss!



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