8. La cantina

El gallego bajó los pies descalzos del escritorio.

– ¿Qué Marcial Díaz, el que cantaba con Rotundo?

– Sí. ¿Te gusta?

– Más o menos… Pero no canta más. Si se murió cuando yo estaba en La Falda, que hubo un homenaje y…

– No. Ese fue Maciel. Este todavía canta. En una cantina de la Boca.

– Ah… -el gallego repuso los pies en el lugar más cómodo. Ahora, sobre un bibliorato-. ¿Y de dónde te conoce Marcial Díaz?

– Lo encontré en diciembre, cuando hacía la vigilancia en la fábrica de camisas en Munro, aquel laburo que no nos garparon. Creo que no te conté cómo fue…

– No.

Le resumió el episodio del bar y el gallego lo interrumpió varias veces para reírse a gusto.

– Ahora anda con problemas -concluyó Etchenaik-. No me entendía bien porque había ruido donde me hablaba, pero creo que tenía miedo de que lo oyeran. Apenas si me avisó que vaya hoy.

– ¿Adonde?

– A la cantina For Export esta noche.

– Olavarría al 600. Tengo un mozo amigo ahí.

Etchenaik no se sorprendió. Lo notable hubiera sido que Tony reconociera no haber oído hablar del lugar o no tuviese un amigo en cualquier boliche entre la General Paz y el Riachuelo.

– ¿Andará en apuros de guita?

– Puede ser. O alguna joda más grave.

Y el veterano no pudo evitar que su expresión se ensombreciera.

Al bajar del Plymouth, Etchenaik miró el reloj. Las diez pasadas. Tony cruzó la calle hacia el local iluminado por largas filas de lamparitas como una comisaría de pueblo y leyó un gran afiche pegado por dentro de la vidriera.

El cartel decía: «Hoy cene y baile en cantina For Export. Comidas típicas. Gran show de música internacional. Alfredo Duggan y su conjunto de Guitarras Argentinas. Hilda Sanders, cantante melódica. Tropical Los Pargas. Anima: Sergio del Rey. Bienvenidos». Y había banderitas de todos los colores.



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