Le prometí y lo hice. Toda la segunda parte de este texto, Hijos, se enlaza con la primera a partir de esa palabra derramada, precisa y apasionada, un sábado en El Foro. Ella terminó de atar los cabos sueltos, ella me reveló lo que intuía mal o despistado, ella -probablemente- me mintió apenas lo necesario.

No necesito identificarla en el relato. Llega en algún momento como un ángel guardián o exterminador, hace su trabajo, ya lo verán. Tampoco tengo que aclarar que los nombres son supuestos, que los años están entreverados a propósito, que lo único verificable y veraz son los nombres de algunas calles, ciertas circunstancias o climas, la constante presencia de un irónico Snoopy o de las historias de H. G. Oesterheld, un trasfondo que suele pasar al frente en cada tramo del relato.

La última: esto no se acaba aquí. Algo me dice que Etchenaik volverá.

J. S.

El cantor

Primera

***

1. Esa noche

Supongamos que era un jueves. La noche deun jueves espeso de noviembre; en Buenos Aires, claro.

Desde la nebulosa lejanía, Robert Mitchum echó la última mirada de la noche por la ranura de sus ojos, volteó la cabeza apuntándole a ella con el mentón partido y dijo dos frases definitivas. Después giró y se fue. Recorrió todo el parque parejito como un billar mientras ella lo miraba partir. El traje flojo le caía con la elegancia de un par de medias abandonadas bajo una silla, llenas de vieja pelusa. Pero Mitchum no lo sentía así o no le importaba.

No le importaba nada, en realidad. Pasó un pórtico cubierto de lujosas enredaderas y subió a un De Soto que partió a una leve insinuación de su pie derecho. El auto se fue haciendo cada vez más chiquito y se superpuso la palabra «The end» mientras subía la música.



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