
Fue el primero en dejar la sala. En el vestíbulo, se recostó contra una pared, encendió un cigarrillo acurrucado sobre la llama y luego pitó hondamente para largar el humo con breves golpes de garganta. Esperó que los últimos espectadores se dispersaran en la noche y recién entonces arrojó con mala puntería el pucho al cenicero y salió, calándose el sombrero.
El boletero que apagaba las luces había observado a aquel extraño veterano, flaco, enfundado en innecesario piloto gris, el sombrero echado a los ojos, los gestos estudiados. Era el tercer día que hacía lo mismo: sentarse en el fondo durante la segunda sección de la noche, salir primero luego de ver a Bogart, Cagney o Mitchum en esa semana del cine policial negro y recién buscar la calle cuando todos estaban afuera.
Ahora, mientras cerraba las puertas de vidrio, lo vio caminar Corrientes arriba hacia Callao con el cuello levantado sobre la nuca rala y canosa, la mejilla semioculta tras las puntas de la solapa, las patillas grises y crecidas peinadas hacia atrás, los ojos en el intento de penetrar una niebla imaginaria.
El viejo Bar Ramos parecía una pecera iluminada en la noche. El hombre llegó y se sentó al fondo, en la última mesa sobre Montevideo. Cuando dejó el sombrero sobre la silla, el leve surco rosado que le marcaba la frente humedecida de sudor señaló el rigor de la ropa nueva sobre un cuerpo fatigado, trabajado por el tiempo. Chasqueó los dedos.
Al reconocer ese sonido, la mano de Antonio García que en ese momento cuidaba la caída exacta de una medida de Legui tres mesas más allá, vaciló. La espesa caña manchó el platito metálico, alguna gota salpicó la mesa. Limpió con la rejilla y miró el reloj sin volverse.
Los dedos chasquearon otra vez, a sus espaldas. Sin embargo el mozo se alejó hacia las mesas del otro lado, recogió pocillos y propinas y hasta algún pedido que tiró sobre el mostrador como una gran noticia.
