
– ¡Y tú que creías que iba a caer! -Orlan Nettles se inclinó sobre la barra y le pellizcó el trasero.
– ¡Maldita sea, Orlan, quítame las manazas de encima! -chilló ella, retorciéndose e intentando atizarle con el trapo húmedo.
Orlan volvió a sentarse bien en el taburete, con las cejas arqueadas.
– ¡Pero bueno! ¿Has visto eso, Jack? -Jack Quigley dirigió una mirada divertida a ambos-. No había visto nunca a Lula apartarle la mano a un hombre. ¿Y tú, Jack?
– ¡Sólo sabes decir groserías, Orlan Nettles! -exclamó Lula.
Orlan sonrió perezosamente, levantó la taza de café y la miró por encima del borde.
– ¿Tú qué crees que va a hacer ese tipo en el camino de Rock Creek, Jack?
– Puede que vaya a ver a la viuda de Dinsmore -contestó Jack, dando por fin señales de vida.
– Puede. No se me ocurre qué más puede haber encontrado en ese periódico, ¿y a ti, Lula?
– ¿Cómo quieres que sepa qué va a hacer en el camino de Rock Creek? No ha abierto la boca ni para decir su nombre.
– Sí -convino Orlan tras apurar el café que le quedaba. Luego se secó las comisuras de los labios con el dorso de la mano-. Diría que iba a ver a Eleanor Dinsmore.
– ¿A esa chiflada? -soltó Lula-. Pues si es así, volverá al pueblo a toda pastilla.
– Ya te gustaría, ya… ¿A que sí? -Orlan soltó una risita y se levantó del taburete antes de dejar una moneda de cinco centavos en la barra.
Lula recogió la propina, se la metió en el bolsillo y dejó la taza de café de Orlan en un fregadero que había debajo del mostrador.
– Venga, marchaos los dos. No gano nada con teneros aquí tomando café.
– Vamos, Jack. ¿Qué te parece si nos damos un paseo hasta el aserradero para husmear un poco y ver si nos enteramos de algo?
Lula se lo quedó mirando, negándose a pedirle que volvieran y le contaran lo que averiguaran sobre el forastero alto y guapo. El pueblo era pequeño; no tardaría demasiado en descubrirlo por sí misma.
