Entrecerró los ojos bajo el ala del sombrero mientras analizaba las palabras. ¿Qué clase de mujer pondría un anuncio para buscar un hombre? Pero, puestos a pensar, ¿qué clase de hombre se plantearía responder a él?

Los dos parroquianos se habían vuelto en los taburetes y lo miraban abiertamente. La camarera estaba apoyada en la barra, charlando con ellos y dirigiendo a menudo la mirada hacia Will. Cuando éste se levantó de la mesa, se acercó al mostrador de cristal de los puros para reunirse con él. Will le entregó el periódico y se llevó la mano al ala del sombrero, aunque no lo movió.

– Muchas gracias.

– Cuando guste. Es lo menos que puedo hacer por un nuevo vecino. Me llamo Lula.

Le tendió una mano flácida con unas garras pintadas del mismo bermellón que los labios. Will observó la mano y la inclinación insinuante de la cadera: el mensaje inconfundible que algunas mujeres no pueden evitar mandar. Llevaba el pelo decolorado y recogido de modo que le caía sobre la frente en una deliberada imitación de la última sex-symbol de Hollywood, Betty Grable.

Will le tendió finalmente la mano para darle un breve apretón, acompañado de un saludo más breve aún con la cabeza. Pero no le dijo su nombre.

– ¿Podría indicarme cómo llegar al camino de Rock Creek?

– ¿El camino de Rock Creek?

Volvió a asentir con la cabeza.

Los dos hombres se rieron por lo bajo. La sonrisa seductora de Lula se desvaneció.

– Pasado el aserradero, tome la primera carretera hacia el sur y, después, la primera que tuerce a la izquierda.

– Muchas gracias -dijo Will, que retrocedió y se tocó el sombrero a modo de despedida antes de marcharse.

– Hay que ver -resopló Lula mientras lo veía pasar frente al escaparate del café-. Qué huraño es.

– Parece que no se quedó prendado de tu sonrisa, ¿verdad, Lula?

– ¿De qué sonrisa estás hablando, imbécil? ¡Yo no le he sonreído! -Recorrió la barra y la golpeó con un trapo húmedo.



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