Will la observó mientras esquivaba la cabra, bajaba los peldaños y cruzaba el claro sin apartar los ojos de él, con el pequeño aún a la cadera y el otro niño siguiéndola de cerca, descalzo como ella. Se acercó despacio, sin prestar atención a una gallina que cacareó y se apartó aleteando de su camino.

Cuando estuvo a un par de metros de distancia, deslizó hasta el suelo al niño, que se quedó de pie, sujetándole la rodilla.

– ¿Se ofrece para el puesto? -preguntó, sin sonreír.

La mirada de Will descendió hacia la tripa de la mujer. Estaba en un estado de gestación muy avanzado.

Ella lo contempló, convencida de que daría media vuelta y saldría corriendo. Pero no lo hizo, sino que volvió a mirarla a los ojos. Por lo menos, eso fue lo que le pareció cuando vio que el ala del sombrero se elevaba ligeramente.

– Supongo que sí -respondió completamente inmóvil, sin mover ni una pestaña.

– Yo soy quien puso el anuncio -le aseguró, para que no quedara la menor duda.

– Ya me lo ha parecido.

– Somos tres…, casi cuatro.

– Ya me lo ha parecido.

– Hay que trabajar mucho. -Esperó, pero el hombre no dijo que ya se lo parecía, ni siquiera miró de reojo todos los trastos viejos que había esparcidos por el patio. Así que añadió-: ¿Le sigue interesando?

No había visto a nadie capaz de estarse tan quieto.

– Supongo que sí.

Los pantalones le iban tan grandes que Eleanor creía que se le caerían al suelo en cualquier momento. Tenía la tripa hinchada, pero los brazos fuertes, con las venas marcadas en los lugares donde la piel era más pálida. Puede que estuviera delgado, pero no era ningún enclenque. Daría el callo.



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