
– Pues quítese el sombrero para que pueda verlo bien.
A Will Parker no le gustaba quitarse el sombrero. Cuando lo habían soltado de la cárcel, lo único que le habían devuelto había sido el sombrero y las botas. El Stetson estaba grasiento y deformado, pero le tenía mucho apego. Sin él, se sentía desnudo.
Aun así, contestó con educación:
– Sí, señora.
Y una vez lo hubo hecho, siguió sin moverse, dejando que le examinara la cara. Era alargada y delgada como el resto de su cuerpo, con unos ojos castaños que parecía esforzarse mucho en mantener inexpresivos. Lo mismo ocurría con su voz; era respetuosa pero monótona. No sonreía, pero tenía una boca bonita con un labio superior muy bien formado y con dos elevaciones marcadas, algo que gustó a Elly Dinsmore. Tenía el pelo rubio oscuro, del color de un collie, enmarañado en la nuca y tras las orejas. Por delante, lo llevaba pegado a la frente, aplastado por la cinta del sombrero.
– Le iría bien cortarse el pelo -se limitó a decir Elly.
– Sí, señora.
Will volvió a ponerse el sombrero, que le ocultó de nuevo los ojos mientras observaba las prendas raídas de algodón de la mujer, las mangas remangadas hasta el codo, la falda manchada donde más le sobresalía la tripa. Puede que hubiera sido hermosa, pero parecía haber envejecido antes de tiempo. Quizá fuera cosa del pelo, que le caía en mechones como hierbajos desde la nuca, donde lo llevaba sujeto. Calculó que tendría treinta años, pero pensó que si sonriera se quitaría cinco de encima.
– Yo soy Eleanor Dinsmore… La señora de Glendon Dinsmore.
– Will Parker -respondió, mientras se tocaba el ala del sombrero con la mano a modo de saludo, antes de volver a meterse el pulgar en el bolsillo trasero del pantalón.
Elly supo de inmediato que era un hombre de pocas palabras, y eso le gustaba. No había hecho las preguntas que hubieran hecho la mayoría de hombres, ni siquiera cuando le había dado pie. Así que siguió hablando ella.
