– Date prisa, Albert -ordenó la mujer, rígida como una lápida, con la vista fija frente a sí.

El hombre puso los caballos al trote.

– Es una niña, mamá. ¿No quieres verla?

– ¿Verla? -La mujer frunció la boca sin dejar de mirar hacia delante-. Tendré que hacerlo el resto de mi vida mientras el fruto de tu pecado es el centro de todas las habladurías, ¿no?

La joven estrechó a la niña con más fuerza entre sus brazos. La pequeña gimoteó y se echó definitivamente a llorar a todo pulmón cuando se oyó un trueno enorme.

– ¡Haz que se calle!

– Se llama Eleanor, mamá, y…

– ¡Haz que se calle antes de que la oiga todo el mundo!

Pero la niña berreó desde que salieron de la estación, y siguió haciéndolo mientras recorrían la plaza y la calle principal que conducía hacia el extremo sur del pueblo, y también mientras pasaban ante una hilera de casas y llegaban a una rodeada por una valla de madera, hasta cuya entrada crecían las maravillas. El carruaje entró, cruzó el gran jardín delantero y se detuvo cerca de la puerta trasera. La mujer vestida de negro llevó dentro a la madre y a la hija, e inmediatamente bajó el estor verde oscuro de una ventana, y luego otro y otro más, hasta que todas las ventanas de la casa estuvieron tapadas.

La joven madre nunca volvió a salir de la casa, ni nadie volvió a subir jamás los estores.

Capítulo 1

Agosto de 1941

Sonó el silbato del almuerzo y las sierras dejaron de rechinar. Will Parker retrocedió, se quitó el sombrero sudado y se secó la frente con una manga. Los otros peones hicieron lo mismo mientras se ponían a la sombra soltando un montón de quejas sobre el calor o sobre la clase de bocadillos que la mujer les había puesto en la fiambrera.



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