
Will Parker había aprendido a no quejarse. El calor todavía no lo había afectado, y no tenía ni mujer ni fiambrera. Sólo tenía un tarro de cristal con un litro de suero de leche que había encontrado en una nevera desprotegida junto a un pozo y tres manzanas que había robado del árbol del jardín trasero de alguien, tan verdes que supuso que más tarde lo pasaría mal.
Los hombres estaban sentados a la sombra, con la espalda apoyada en los troncos rugosos de los pinos taeda de la explanada del aserradero, hablando sin parar mientras comían. Pero Will Parker se mantenía alejado de los demás; él no se mezclaba con la gente, ya no.
– ¡Madre mía, qué calor hace! -se quejó un tal Elroy Moody secándose el cuello, colorado y arrugado con un pañuelo colorado y arrugado.
– ¡Y qué cantidad de polvo! -añadió un tal Blaylock. Se sacudió dos veces y escupió en las agujas de pino-. Tengo serrín suficiente en los pulmones como para rellenar un colchón.
El capataz, Harley Overmire, siguiendo su ritual de la hora del almuerzo, metió la cabeza bajo la bomba de agua y la sacó gritando para llamar la atención. Overmire era un mequetrefe con la nariz chata, las orejas diminutas y el cuello corto. Tenía un casco de cabello oscuro, muy corto, que se le enroscaba en mechones como muelles de reloj y continuaba creciéndole en la base del cuello. La única concesión de aquella mata era que el pelo se hacía más fino antes de seguir descendiendo, lo que confería a su dueño el aspecto de un simio cuando no llevaba camisa. Y a Overmire le encantaba ir descamisado. Siempre que tenía ocasión lucía su corpulencia y su vello, como si compensaran su minúscula estatura.
Overmire cruzó el patio secándose con la camisa para reunirse con los hombres. Abrió la fiambrera, levantó una puntita de la rebanada superior del bocadillo y rnurmuró:
– Maldita sea, ha vuelto a olvidarse de la mostaza. -Dejó caer la rebanada de golpe, disgustado-. ¿Cuántas veces tendré que decir a esa mujer que el cerdo va solo y la ternera lleva mostaza?
