
Por la forma en que lo miró, Will supo que ya no le quedaba ninguno.
– ¿Cuánto tiempo hace que murió?
– Oh, no se preocupe, el hijo que estoy esperando es suyo.
– No he querido decir eso -se sonrojó Will.
– Claro que ha querido decirlo. He visto cómo me miraba cuando ha llegado. Murió en abril. Sus sueños lo mataron. Esta vez era el de las abejas y la miel. Creía que se haría rico produciendo miel en el huerto de árboles frutales, pero las abejas empezaron a enjambrar y él tenía demasiada prisa como para utilizar el sentido común. Le dije que disparara a la rama con una escopeta, pero no me hizo caso. Se encaramó a ella y, por supuesto, la rama cedió, y él se mató. Nunca me escuchaba demasiado.
Se quedó absorta mientras Will observaba cómo toqueteaba el pelo del pequeño con las manos.
– Algunos hombres son así -comentó Will. Las palabras le resultaron extrañas al decirlas. Dar consuelo, o recibirlo, era algo ajeno a él.
– Pero fuimos felices. Glendon tenía su encanto.
Su expresión al hablar hizo que Will estuviera seguro de que, tiempo atrás, había sido el pelo de Glendon Dinsmore el que había acariciado de esa forma. Se comportaba como si hubiera olvidado que él estaba en la habitación. No podía dejar de mirarle las manos. Era otra de esas cosas dulces que le llegaban al alma: ver cómo pasaba los dedos por el pelo fino del niño mientras éste seguía con la galleta sin dejar de gorjear. Se preguntó si alguien le habría hecho eso alguna vez a él, quizá mucho antes de que pudiera recordarlo, pero no tenía conciencia de ello.
Eleanor Dinsmore volvió al presente y se encontró con que Will Parker le miraba fijamente las manos.
– ¿En qué piensa, señor Parker?
