
– El pequeño se llama Thomas. Tiene casi un año y medio. Donald Wade va a cumplir cuatro. Este va a nacer poco antes de Navidad, por los cálculos que he hecho. El nombre de su padre era Glendon.
Will Parker dirigió los ojos a la tripa de Elly, donde ella se había puesto una mano, y pensó que tal vez había más de una clase de cárcel.
– ¿Dónde está su padre? -quiso saber, tras mirarla a la cara.
– En el huerto frutal -respondió Elly a la vez que indicaba con la cabeza hacia el oeste-. Lo enterré ahí.
– Creía que… -Pero se calló.
– Tiene un modo extraño de no decir las cosas, señor Parker. ¿Cómo va nadie a formarse una opinión sobre usted si se muestra tan cerrado? -Will la observó. Le costaba soltarse después de cinco años, especialmente con los niños custodiándola-. Adelante, dígalo -le instó Eleanor Dinsmore.
– Creía que tal vez su marido la había abandonado. Muchos hombres lo están haciendo desde la depresión.
– Pero entonces no estaría buscando marido, ¿no cree?
– Supongo que no -respondió Will, que bajó los ojos de golpe hacia la taza de café con aire de culpabilidad.
– Y, en cualquier caso, a Glendon no se le hubiera ocurrido nunca marcharse. No tenía que hacerlo. Tenía tantos sueños que, en realidad, nunca estaba aquí, sino a kilómetros de distancia, soñando con esto o con aquello. Hubo un tiempo en que los dos tuvimos muchos sueños.
