
Capítulo 1
Brusco despertarMi madre y yo estábamos atrapadas en su dormitorio, en la minúscula habitación del piso superior de nuestra vieja casa de Houston. Abajo ladraban amenazantes unos perros que nos perseguían. Gabriella había huido de los fascistas de su Italia natal, pero le habían seguido la pista hasta el sur de Chicago. El ladrido de los perros fue creciendo hasta convertirse en un rugido ensordecedor que ahogaba los aullidos de mi madre.
Me incorporé en la cama. Eran las tres de la mañana y alguien estaba tocando el timbre. El insistente realismo del sueño me había dejado sudorosa y temblando.
La persistente llamada me recordó todas las noches de mi infancia en que el teléfono o el timbre habían sacado a mi padre de la cama por alguna urgencia policial. Mi madre y yo solíamos esperar su regreso. Ella se negaba a reconocer su miedo, aunque éste asomaba a sus indómitos ojos oscuros mirándome fijamente, mientras preparaba en la cocina aquel delicioso café para niños -una cucharada de café mezclada con leche y chocolate- y relataba aquellos maravillosos cuentos populares italianos que me hacían palpitar.
Me puse una sudadera y unos pantalones cortos y descorrí a tientas los cerrojos de mi puerta. El timbre resonaba a mis espaldas por el hueco de la escalera mientras bajaba a trompicones los tres pisos hasta la calle.
Detrás de la puerta acristalada se hallaba mi tía Elena, con el dedo pegado con determinación al timbre. Un descolorido chal escocés le cubría desgarbadamente los hombros. Había apoyado en la pared una bolsa de plástico de la que colgaba un camisón violeta. No creo en los presentimientos ni en las percepciones extrasen-soriales, pero no pude evitar la sensación de que mi sueño -una pesadilla familiar desde mi infancia- había sido provocado por alguna tenebrosa vibración que emanaba desde Elena hasta mi habitación.
