Elena era la hermana menor de mi padre y siempre había sido el problema de la familia. "Bebe un poco, ¿sabe?", solía decir mi abuela Warshawski en un susurro impregnado de preocupación después que Elena perdiera el conocimiento durante la cena del día de Acción de Gracias. Más de una vez un policía apurado había despertado a mi padre a las dos de la madrugada para decirle que Elena había sido amonestada por ir de buscona por la calle Clark. Esas noches no había cuentos de hadas en la cocina. Mi madre me mandaba a la cama sacudiendo levemente la cabeza y diciendo: "Es su naturaleza, cara, no debemos juzgarla".

Cuando murió mi abuela, siete años atrás, el hermano de mi padre que quedó, Peter, le dio su parte de la casita de Norwood Park a Elena con la condición de que nunca más le pidiese nada. Ella firmó alegremente los papeles, pero perdió la casa cuatro años más tarde, sin decirme a mí ni a Peter que la había puesto como garantía en una disparatada empresa de desarrollo. Cuando la veleidosa compañía se evaporó, ella fue la única socia que pudieron encontrar los tribunales; le confiscaron la casa y la vendieron para pagar las facturas de la sociedad limitada.

Quedaron tres mil dólares después de pagar las deudas. Con eso y su seguridad social, Elena se alojaba en una Vivienda de Ocupación Individual en la esquina de Cermak e Indiana, jugaba al blackjack y aún daba el pego ocasionalmente el día que llegaban los cheques de la pensión. Pese a los años de alcoholismo que habían surcado de finas arrugas su barbilla y su frente, tenía unas piernas asombrosamente bonitas.

Me vio a través del cristal y quitó el dedo del timbre. Cuando abrí la puerta, me echó los brazos alrededor del cuello y me estampó un beso entusiasta.

– ¡Victoria, querida, estás estupenda!

El aliento ácido y fermentado a cerveza rancia me llegó a raudales.

– Elena, ¿qué demonios haces aquí?

La boca generosa hizo un puchero.



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