– Detective, ¿eh? ¿Como aquí, el sargento Furey? -ése era Schmidt, un hombre bajito y macizo con unos brazos del tamaño de los tubos del alcantarillado que le tensaban las mangas de la chaqueta.

Les interesaba justo lo suficiente como para requerir una respuesta.

– Trabajo por mi cuenta. Algo así como el detective Magnum de Chicago.

– Vic se ocupa de casos de fraude -intervino Ron-. Tiene unos archivos muy completos. Nos tiene a raya a Ernie y a mí, déjame decirte.

Todo el mundo rió por educación. Su comentario parecía tan imposible de contestar que no lo intenté.

– Me he encontrado con LeAnn y Clara detrás de la carpa dije en cambio. Creían que vosotros ibais a llevarles algo de beber.

Ernie se palmeó la frente.

– Mi cabeza está como el cemento, después de tantos años de estar vertiéndolo. Yo me ocuparé de las chicas, Ron; chicos, vosotros esperadme aquí.

Me tomó del brazo y me empujó hacia la carpa de las bebidas. ¿Te invito a algo, Vic?

– No, gracias. Me voy enseguida para la ciudad.

Me miró, adusto, sus ojos oscuros en una tira estrecha y curtida.

– No te tomes a Mickey demasiado en serio. Tiene muchas cosas en la cabeza.

Asentí gravemente.

– Ya lo sé, Ernie. Y creo que es el momento de dejarlo solo, dejarle que resuelva las cosas.

– ¿No podrías esperar por lo menos hasta después de la cena? ¿Y mientras charlar un rato con las chicas?

Esperaba que les llevara a ellas sus bebidas. Sonreí amablemente.

– Lo siento, Ernie. Sé que a LeAnn le encantaría verte unos minutos antes de que vuelvas a enfrascarte otra vez con los chicos. Está sentada aquí atrás con Clara.

– Vale, Vic, vale.

Se abrió camino hasta el principio de la cola. Algo en su juego de hombros me dijo que se preguntaba qué demonios veía Mickey en mí.



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