Lanzaron chillidos de protesta entre risas. Las dejé coreando:

– Eres incapaz de estar seria, Vic.

Volví a la multitud para reponer mi bebida. Junto a la entrada de la carpa divisé a Ron y Ernie. Estaban enfrascados en una conversación con Michael y otro par de hombres. Habían acercado las cabezas para poder hablar por encima del ruido. Estaban tan absortos que no se dieron cuenta cuando me acerqué. Toqué el brazo de Michael.

Se sobresaltó y soltó un taco. Guando vio que era yo, me rodeó con el brazo, pero miró precavidamente a los demás hombres, como para ver cómo se tomaban mi inclusión.

– ¿Qué hay, Vic? ¿Te diviertes?

– Me lo estoy pasando en grande. Tú también, por lo que se ve.

Volvió a mirar dubitativo a sus compañeros, y luego a mí.

– Estamos en algo ahora. ¿Cómo lo ves si te busco dentro de unos diez minutos?

Todo fuese en aras de la reconciliación. Hice una mueca salvaje pero procuré mantener un tono ligero.

– Inténtalo.

Giré sobre mis talones, pero Ron Grasso extendió un brazo.

– Vic, querida. Me alegro de verte. No le hagas caso a este Furey, hoy se ha levantado con el pie izquierdo. Ningún asunto es más importante que una hermosa mujer, Mickey. Y nada es más peligroso que hacer esperar a una de ellas.

Los otros hombres se rieron por educación, pero Michael me miró muy serio. Tal vez seguía mosqueado. Por otro lado, sabe que esa clase de bromas me eriza, así que tal vez intentaba a su vez una reconciliación. Casi tenía ganas de concederle el beneficio de la duda.

Ron me presentó a los dos extraños: Luis Schmidt y Cari Martínez, también de la construcción. Y colaboradores de la campaña de Rosalyn.

– Vic es una vieja amiga de Rosalyn, ¿no es así? -intervino Ron.

Asentí con la cabeza.

– Trabajábamos juntas en Logan Square.

– ¿Era usted organizadora? -preguntó Schmidt.

– Yo era abogada. Me dedicaba a ayudar en cuestiones legales: inmigración, vivienda, ese tipo de cosas. Ahora soy detective.



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