
Se reclinó en la silla y esperó a que la chica despertara.
Por dios, qué dolor de cabeza.
¿Medicamentos? No, habían dejado de darle medicamentos cuando ella dejó de resistirse. Abrió los ojos con precaución. Descubrió aliviada que no había adornos de encaje. Paredes azules, frías como el mar. Sábanas blancas recién planchadas la cubrían. ¿Un hospital?
– Debe de tener sed. ¿Querría un poco de agua?
La voz de un hombre, podía ser un médico o un enfermero… Su mirada se posó en el hombre que estaba sentado al lado de su cama.
– Tranquila, no le estoy ofreciendo veneno. -Sonrió -. Nada más que un vaso de agua.
No era un médico. Vestía vaqueros y una camisa de hilo arremangada hasta el codo y le resultaba de alguna manera… familiar.
– ¿Dónde estoy?
– En el Hospital de Santa Catalina.
Le sostuvo el vaso pegado a los labios mientras bebía. Ella lo examinó mirando por encima del borde. Tenía cabello y ojos oscuros, y entre treinta y cuarenta años, y llevaba su aplomo con la misma sencillez y desenvoltura con la que llevaba su ropa. Si lo hubiera visto antes, no lo habría olvidado de ninguna manera.
– ¿Qué pasó?
– ¿No se acuerda?
El barco se hacía astillas, lanzando al aire pedazos de cubierta y fragmentos de metal.
– ¡Phil! -De repente se sentó muy derecha en la cama. Phil estaba dentro de aquel infierno. Phil estaba… Intentó poner los pies en el suelo -. Él estaba allí. Yo tengo que… Él bajó y entonces…
– Acuéstese. -El hombre la empujó hasta que ella volvió a recostarse sobre las almohadas -. No puede hacer nada. El barco estalló hace veinticuatro horas. Los guardacostas aún no han abandonado la búsqueda. Si Phil está vivo, lo encontrarán.
