Veinticuatro horas. Ella lo miró aturdida.

– ¿No lo han encontrado?

– Todavía no -el hombre negó con la cabeza.

– No pueden abandonar. No permita que lo hagan.

– No lo permitiré. Ahora es mejor que duerma un poco más. Si las enfermeras creen que la he hecho alterarse me echarán de aquí. Solo quería que usted lo supiera. Se me ocurre que usted es como yo. Que quiere saber la verdad aunque duela.

– Phil… -cerró los ojos mientras el dolor se apoderaba de ella -. Me duele. Quisiera poder llorar.

– Entonces, llore.

– No puedo. Nunca he… no lo he… Lárguese. No quiero que nadie me vea en este estado.

– Pero ya la he visto. Creo que me quedaré aquí para cerciorarme de que va a estar bien.

Ella abrió los ojos y lo examinó. Duro… muy duro.

– A usted no le importa que yo esté bien o no. ¿Quién demonios es usted?

– Jed Kelby.

Era ahí donde lo había visto: periódicos, revistas, televisión.

– Debí de haberme dado cuenta. El Chico de Oro.

– Odiaba ese apodo y todo lo que implicaba. Es una de las razones por la que me volví tan beligerante con los medios. -Sonrió-. Pero he logrado sobreponerme. Ya no soy un chico. Soy un hombre. Y soy lo que soy. Y descubrirá que ser lo que soy podría serle de gran ayuda.

– Lárguese.

El hombre dudó un instante y después se levantó.

– Regresaré. Mientras tanto, me cercioraré de que los guardacostas sigan buscando a Lontana.

– Gracias.

– No hay de qué. ¿Llamo a la enfermera para que le traiga un sedante?

– ¡Nada de medicamentos! No los tomo…

– Bien. Lo que usted diga.

Vigiló la puerta hasta que se cerró a espaldas del hombre. Había sido muy atento, bondadoso incluso. Ella estaba demasiado mareada y dolorida para saber qué debía pensar de él. Lo único que había percibido con claridad era aquel aire de calmado aplomo y fuerza física, y eso la inquietaba.



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