
No pienses en él.
E intenta no pensar en Phil. Veinticuatro horas era demasiado tiempo, pero aún era posible que él estuviera allá fuera.
Siempre que se hubiera puesto un chaleco salvavidas.
Siempre que no hubiera volado antes de tocar el agua.
Dios, cuánto deseaba poder llorar.
– ¿Puedes estar levantada? – Gary frunció el ceño con preocupación cuando a la mañana siguiente vio a Melis sentada junto a la ventana-. La enfermera me dijo que habías recobrado la conciencia ayer por la tarde.
– Estoy bien. Y tengo que demostrarles que no necesito quedarme aquí. -Las manos de la chica apretaron con fuerza los brazos del butacón-. Quieren que espere aquí y hable con la policía.
– Sí, ya les di mi declaración. No te molestarán, Melís.
– Ya me están molestando. La policía no puede venir aquí hasta más tarde, después de la comida, y no voy a esperar tanto. Pero el hospital me mantiene atada aquí con tanto papeleo que no puedo ni moverme. Creo que se trata de una excusa. Dicen que de todas maneras no puedo irme hasta mañana.
– Probablemente los médicos estén en lo cierto. -De eso nada. Tengo que regresar al sitio donde se hundió el barco. Tengo que encontrar a Phil.
– Melis… -Gary vaciló antes de seguir hablando con delicadeza-. Estuve allí con los guardacostas. No vas a encontrar a Phil. Lo hemos perdido.
– No quiero oír eso. Tengo que verlo con mis propios ojos. – Su mirada se desplazó hacía el césped perfectamente podado más allá de la ventana -. ¿Qué hacía Kelby aquí?
– Sobre todo, revolviendo el hospital. No me dejaban pasar a tu habitación pero él no tuvo el menor problema. Y antes de venir aquí estuvo ayudando a los guardacostas en la búsqueda. Tú no lo conocías, ¿verdad?
– No lo había visto antes. Pero Phil me dijo que Kelby trataba de ponerse en contacto con él. ¿Sabes qué quería?
Gary negó con la cabeza.
