—Alguien se nos ha adelantado… —La voz de la mujer se apagó antes de que la oración fuese completada.

El sistema informativo entre los planetas deshabitados operaba continuamente. Aunque estaba limitado por la velocidad de la luz, ella no podía creer de ningún modo que alguna nave de exploración hubiese sido enviada a Lacoste sin su conocimiento. Y si otra nave había llegado allí, la dimensión de lo que estaban viendo excedía cualquier cosa que una colonia de exploración pudiese realizar en unos cuantos años.

O en unos cuantos siglos.

—Vista panorámica.

El ordenador escuchó sus palabras y ajustó la imagen. El planeta se contrajo al tamaño de un guisante, una cuenta luminosa en el centro de la pantalla. El nimbo de construcción espacial quedó a la vista, un engaste nacarado dentro del cual el planeta descansaba como una perla en una ostra. Los delicados zarcillos de construcción se extendían infinitamente, más y más delgados, hasta que los sensores de observación ya no alcanzaban a detectarlos.

—No pertenecen a nuestra especie, Támara —dijo el hombre con suavidad —. Ésos no somos nosotros.

Ninguna obra humana, ni siquiera las ciudades en anillo que rodeaban la misma Tierra, se aproximaba a esto en tamaño y complejidad. Algunos de los filamentos en espiral que circundaban el planeta debían tener más de cuatrocientos mil kilómetros de largo y muchos de ancho. Debían de haber sido inestables ante las fuerzas gravitatorias del planeta, los cambios de las mareas y sus propias interacciones. Sin embargo, evidentemente no lo eran.

—Es hora de despertar a los demás —anunció Támara.

—¿Y entonces?

—Entonces… —Támara suspiró—. Entonces no sé. Por fin lo hemos logrado, Damon. Hemos encontrado otra especie inteligente. Y tecnológicamente avanzada, además. Pero, si fueron capaces de construir eso… —señaló la deslumbrante estructura en la pantalla, y su voz se tornó ronca—, ¿por qué no nos encontraron ellos a nosotros? Bueno, supongo que conoceremos la respuesta dentro de pocos días.



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