
—¡Lo hemos logrado! Allí está.
Y allí estaba. Como un disco de oro fundido, Lacoste lucía en el centro exacto de la pantalla delantera. Dos minutos después el hombre se acercó a ella limpiándose el gel protector que cubría su rostro. Tocó su brazo en señal de congratulación, alivio y amor. Eran compañeros de vida.
—Es hora de despertar a los demás.
—Espera un poco —replicó ella—. Recuerda lo de Kapteyn. Debemos cerciorarnos de que tenemos algo aquí.
El ejemplo de la estrella Kapteyn estaba grabado en la memoria de cada explorador: ocho planetas, todos supuestamente con un maravilloso potencial pero, al inspeccionarlos de cerca, inservibles para la vida humana o para suministros. La primera nave colonizadora que llegó a Kapteyn había estado demasiado agotada para seguir su viaje en busca de otra meta.
—Sólo nos encontramos a dos días luz —continuó ella—. Podemos comenzar con las comprobaciones. Averigüemos si existe oxígeno en las atmósferas antes de despertar a alguien más.
El ordenador de a bordo recibió su orden y respondió a ella.
«Un planeta con oxígeno», dijo su voz suave. «Probabilidad de vida, 0.92.» El campo de visión se acercó rápidamente a Lacoste y ésta creció en tamaño hasta desaparecer de la parte superior de la pantalla, mientras un nuevo astro aparecía en el centro y crecía hasta ocuparla por completo.
«Cuarto planeta», continuó el ordenador. «Valor de isomorfismo terrestre, 0.86. Distancia promedio, 1.22; temperatura promedio, 0.89 a 1.04; inclinación axial…»
—¿Qué diablos es eso?
El ordenador se detuvo. La pregunta del hombre no tenía ningún sentido.
En el centro de la pantalla había un planeta, una esfera azul grisácea donde ya se veían las bandas y remolinos de la circulación atmosférica. Pero también mostraba una red de líneas difusas y espirales brillantes que rodeaban al planeta y lo cobijaban en múltiples hebras de luz.
