—Bien —gruñó Everard—. Claro, y estos son asuntos sobre los que una persona normal no se atreve a hablar, no sea que llegue a sufrir parálisis, sordera y hemorroides. Has hecho bien, Pum. —Probablemente me hayas salvado la vida, pensó, y se agachó para abrir el cordón de una bolsa caída—. Aquí tienes, una pequeña recompensa, pero este lingote deberías comprarte algo que te guste. Y ahora… Antes que comenzase el jaleo descubriste la casa que busco, ¿no?

Sobre el asunto del momento, el dolor que se desvanecía y el impacto del asalto se elevaban la alegría de sobrevivir y lo sombrío también. Después de todas sus precauciones, a una hora de su llegada se había quedado sin tapadera. El enemigo no sólo vigilaba el cuartel general de la Patrulla, sino que, de alguna forma, su agente había visto inmediatamente que no se trataba de un viajero normal que hubiese llegado a esa cosa y no había vacilado ni un segundo en matarlo.

Aquélla era una misión peliaguda. Y había más en juego de lo que Everard quería considerar… primero la existencia de Tiro, después, destino del mundo.


Zakarbaal cerró las puertas de sus cámaras privadas y pasó el cerrojo. Dándose la vuelta, le ofreció la mano al estilo occidental.

—Bienvenido —dijo en temporal, el lenguaje de la Patrulla—. Mi nombre, como recordarás, es Chaim Zorach. ¿Puedo presentarte a esposa, Yael?

Los dos parecían levantinos y vestían ropas de Canaán. Pero lejos del personal y la servidumbre, su aspecto entero cambió: postura, porte, expresión facial, tono de voz. Everard, aunque no se lo hubiesen dicho, había sabido inmediatamente que pertenecían al siglo XX. La atmósfera le resultaba tan refrescante como la brisa del mar.

Se presentó.

—Soy el agente No asignado que pedisteis —añadió.

Los ojos de Yael Zorach se abrieron.

—¡Oh! Es un honor. Eres… eres el primero que conozco. Los otros que investigan son sólo técnicos.



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