
No podía hacer otra cosa que avanzar.
—Aaaah —rugió, y se lanzó en zigzag al ataque, la espada por delante.
El otro sonrió, retrocedió, apuntó con cuidado.
Sonó un golpe. El asesino se dobló, gritó, dejó caer el arma y se agarró las costillas. La piedra de Pummairam golpeó el pavimento.
Los niños se dispersaron gritando. El sacerdote, con toda prudencia, volvió a atravesar las puertas del templo. El extraño se dio la vuelta y corrió. Se perdió en la calle. Everard se encontraba demasiado torpe. La herida no era seria, pero por ahora le dolía terriblemente. Medio mareado, se detuvo en la boca del callejón, miró al vacío que tenía delante, tomó aliento y consiguió decir, en inglés:
—Ha escapado. Oh, maldita sea.
Pummairam llegó corriendo. Manos ansiosas recorrieron el cuerpo del patrullero.
—¿Estáis herido, maestro? ¿Puede ayudaros vuestro sirviente? Ah, congoja y aflicción, no tuve tiempo para tensar correctamente ni para apuntar bien, o si no, hubiese esparcido el cerebro de ese malvado para que se lo comiera ese perro.
—Lo… has hecho muy bien… de todas formas. —Everard respiraba entrecortadamente. La fuerza y la seguridad regresaban, y la agonía alejaba. Seguía vivo. Eso era milagro suficiente por un día.
Pero tenía trabajo que hacer, y era urgente. Después de recuperar la pistola, puso la mano en el hombro de Pummairam y lo miró directamente a los ojos.
—¿Qué has visto, muchacho? ¿Qué crees que ha sucedido hace un rato?
—Bien, yo… yo… —Rápido como un hurón, el joven recuperó la compostura—. Me pareció que un mendigo, aunque no lo era, amenazaba la vida de mi amo con un talismán cuya magia causaba daño. ¡Que los dioses arrojen abominaciones sobre la cabeza de aquel que hubiese extinguido la luz del universo! Sin embargo, y naturalmente, la maldad prevaleció sobre el valor de mi amo… —la voz pasó a un susurro confidencial— cuyos secretos están protegidos con toda seguridad en fondo de este leal sirviente.
