—Una gran vista, cierto, cierto —respondió con una voz diplomática y de mucho acento. La electrolección que había tomado, en el futuro de su nativa América, podría haberle dado un púnico perfecto, pero eso no hubiese encajado con el personaje; se conformó con tener fluidez de palabra—. Casi desalentadora, para un hombre de los bosques.

Su mirada volvió al frente. En cierta forma, a su modo, Tiro era tan impresionante como Nueva York… quizá más, cuando recordaba lo mucho que el rey Hiram había conseguido en un espacio de tiempo tan corto, con los escasos recursos de una Edad de Hierro no todavía demasiado lejana.

A estribor, la tierra se elevaba hacia las montañas del Líbano. Era del color del estío, excepto allí donde los huertos y las arboledas ponían una nota de verde o se veía una villa. La apariencia era más rica, más invitadora que cuando Everard la había visto en sus viajes futuros, antes de unirse a la Patrulla.

Usu, la ciudad original, seguía la costa. Excepto por su tamaño, era representativa de la época; edificios de adobe cuadrados y de techo plano, calles estrechas y sinuosas, unas cuantas fachadas alegres pertenecientes a un templo o un palacio. Tres de sus lados estaban cerrados por murallas con almenas y torres. En los muelles, las puertas entre almacenes permitían que éstos también sirviesen de defensas. Un acueducto venía de alturas, más allá de la visión de Everard.

La ciudad nueva, Tiro en sí —Sor para sus habitantes, que significaba «rocas»— se encontraba en una isla, a menos de un kilómetro de la costa. Más bien, cubría lo que habían sido dos arrecifes hasta que los habían ido llenando en medio y alrededor.



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