
La nave de Mago iba en dirección al puerto exterior o al sur, al Puerto Egipcio, como él lo llamaba. Los embarcaderos eran todo bullicio, con hombres cargando, descargando, acarreando, llevando, reparando, aprovisionando, regateando, discutiendo; un revoltijo y un caos en el que, sin embargo, se hacían las cosas. Estibadores, conductores de asnos y otros trabajadores, como los marineros de las cubiertas llenas de carga, no llevaban más que taparrabos o caftanes gastados y llenos de remiendos. Pero se veían muchos otros vestidos de calidad, algunos de los costosos colores que allí se producían. De vez en cuando pasaban mujeres entre los hombres, y la educación preliminar de Everard le indicó que no todas eran putas. Los sonidos lo rodearon: charlas, risas, gritos, rebuznos, relinchos, pisadas, martillazos, el gruñido de las ruedas y grúas, las música vibrante. La vitalidad era sobrecogedora.
Y no es que fuese una escena bonita en una película de Las mil y una noches. Ya podía distinguir mendigos tullidos, ciegos, muertos de hambre; vio un látigo golpear a un esclavo que trabajaba demasiado despacio; a las bestias de carga les iba peor. Los olores del antiguo Oriente le sobrecogieron: humo, desechos, asaduras, sudor, así como brea, especias y sabrosos asados. Se añadía a todo ello el olor de los tintes y las conchas de múrices de los estercoleros del continente; pero navegar por la costa y acampar en la orilla cada noche lo había acostumbrado a todo.
