Le trajeron algo de comer de las cocinas, y los trabajadores del restaurante salieron para saludarla; también eran del Kakaze. Ann esperó que se fueran y que la gente regresara a sus mesas, sintiéndose impaciente y torpe. Aquéllos eran sus hijos espirituales, afirmaban siempre los medios de comunicación; ella era la primera roja; pero para ser francos, la incomodaban.

Kasei, de un humor excelente, como siempre desde que empezara la revolución, dijo:

—Vamos a derribar el cable dentro de una semana, más o menos.

—¿No me digas? —repuso Ann—. ¿Y por qué esperar tanto? Dao no hizo caso de su sarcasmo.

—Hay que avisar a la gente para que tenga tiempo de salir del ecuador. —Aunque por lo común de carácter agrio, ese día se le veía tan alegre como a Kasei.

—¿Y también del ascensor?

—Sí eso es lo que quieren. Pero aunque lo abandonaran y nos lo entregaran, igualmente lo derribaríamos.

—¿Cómo? ¿Eso de ahí fuera son de verdad lanzamisiles?

—Sí. Pero sólo están ahí por si se les ocurre bajar e intentar recuperar Sheffield. En cuanto al cable, seccionar la base no es la manera de echarlo abajo.

—Los cohetes de control tal vez podrían ajustarse a las alteraciones en la base —explicó Kasei—. Es difícil saber qué sucedería. Pero un impacto justo por encima del punto areosincrónico reduciría el impacto sobre el ecuador y evitaría que New Clarke saliera despedido con tanta velocidad como el primero. Queremos minimizar el drama, ya sabes, que haya el menor número de mártires posible. Será como demoler un edificio. Un edificio que ya no es útil.

—Ya —dijo Ann, aliviada ante aquella señal de buen juicio. Pero resultaba curioso que sus propias ideas expuestas por otra persona la perturbaran. Localizó la razón principal de su preocupación—. ¿Y qué hay de los otros, de los verdes? ¿Que ocurrirá si se oponen?



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