—No lo harán —afirmó Dao.

—¡Ya lo hacen! —dijo Ann en tono áspero. Dao negó con la cabeza.

—He estado hablando con Jackie. Es posible que algunos verdes se opongan, pero su grupo dice que sólo es para consumo del público, porque de ese modo ellos aparecen como moderados a los ojos de los terranos y pueden culpar de las acciones peligrosas a los radicales fuera de su control.

—Es decir, nosotros —señaló Ann. Los dos hombres asintieron.

—Igual que en Burroughs —dijo Kasei con una sonrisa. Ann reflexionó. Seguramente era cierto.

—Pero algunos se oponen de veras. He estado discutiéndolo con ellos, y no se trata de ningún truco publicitario.

—Ya —dijo Kasei con suavidad. Los dos la miraban fijamente.

—Así que piensan hacerlo digan lo que digan —resumió ella después de un breve silencio.

No contestaron, pero siguieron mirándola. Y de pronto comprendió que pensaban hacer el mismo caso de sus mandatos que los chicos de las órdenes de una abuela senil. Estaban siguiéndole el juego, pensando cuál sería la mejor manera de utilizarla.

—Tenemos que hacerlo —dijo Kasei—. Es por el bien de Marte. Y no sólo para los rojos, sino para todos. Necesitamos poner una cierta distancia entre nosotros y Terra, y el pozo gravitatorio restablecerá esa distancia. Sin él, seremos arrastrados por la vorágine sin remedio.

Era el argumento de Ann, era justo lo que acababa de decir en las reuniones en Pavonis Este.

—Pero ¿y si tratan de detenerlos?

—No creo que puedan —dijo Kasei.

—Pero ¿y si lo intentan?

Los dos hombres intercambiaron una mirada. Dao se encogió de hombros.

Vaya, pensó Ann mirándolos. Estaban ansiosos por iniciar una guerra civil.

La gente seguía subiendo por las pendientes de Pavonis hasta la cima, y atestaba Sheffield, Pavonis Este, Lastflow y las otras tiendas del borde.



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