
No era así. Pero algo fundamental en Ann Clayborne se animaba con la visión de ese rocoso mundo férrico bajo los vientos perpetuos, y mientras los vehículos rojos continuaban su singladura montaña arriba, sus ocupantes se sintieron tan extasiados como Ann, y el silencio imperó en las cabinas cuando el sol quebró el horizonte distante detrás de ellos.
La pendiente se hizo menos pronunciada y describió una perfecta sinusoide hasta el terreno llano de la meseta circular de la cima. Desde allí alcanzaban a ver las ciudades-tienda que circundaban el borde de la gigantesca caldera, apiñadas en particular alrededor del pie del ascensor espacial, unos treinta kilómetros al sur.
Detuvieron los rovers. El silencio antes reverente en las cabinas era ahora sombrío. Ann estaba de pie delante de una de las ventanas de la cabina superior, mirando al sur, hacia Sheffield, esa hija del ascensor espacial: construida a causa del ascensor, arrasada cuando éste cayó, erigida de nuevo con el sustituto del ascensor. Ésa era la ciudad que iba a destruir, tan definitivamente como Roma había destruido Cartago; porque tenía la intención de derribar también el nuevo cable, como habían hecho con el primero en 2061.
