
Cualquier novato podría verificar si Charmed era realmente lo que decía ser o si tras su fachada de establecimiento decente se escondía un prostíbulo. Kane gimió en voz alta. Por lo que a él concernía, cualquier tipo que necesitara clases de etiqueta era tan patético como la misma chapuza que le habían encargado. ¿Qué clase de infeliz podía necesitar clases para aprender a salir con una mujer? Y sobre todo con una mujer como aquélla…
Sacudió la cabeza. Qué pérdida de tiempo.
En cualquier caso, era preferible que aquella mujer espectacular diera clases de etiqueta a unos cuantos patanes a que prestara otro tipo de servicios a sus clientes. Teniendo en cuenta además que había trabajado para sus tíos cuando éstos todavía llevaban las riendas del negocio, definitivamente, aquella joven conocía el percal con el que estaba tratando. Cualquiera que esté fuera.
Kane podría desconocer la agenda de aquella belleza, pero conocía de sobra la suya y sabía que aquel ridículo caso no debería ocupar ni una sola línea en ella.
Y, sin embargo, allí estaba, un hombre acostumbrado a enfrentarse con traficantes de droga y proxenetas, preparándose para abordar torpemente a la seductora propietaria de Charmed. Todavía tenía serias dudas sobre su capacidad para fingir ser un patán y tenía un plan alternativo por si la cosa no terminaba de funcionar. Pero no podría saber si lo necesitaba hasta que estuviera dentro.
Colocó la mano en el pomo de la puerta. El metal estaba frío como el hielo. ¿Sería ella o no sería ella? Por fin había llegado el momento de averiguarlo.
Kayla Luck miró disgustada el viejo radiador que se negaba a comportarse con un mínimo de sentido común.
