Al heredar aquella escuela, no le había pasado por alto lo irónico de su situación. Parecía una broma; la chica diez del instituto, hija de una mujer de extracción social baja, enseñando a los demás a comportarse en sociedad. Todavía le dolía recordar su pasado y aquél era un incentivo más para intentar mejorar y modernizar Charmed hasta hacerlo irreconocible.

Al igual que había hecho consigo misma. Ella había crecido en la zona más pobre de la ciudad, a las afueras de Boston. Y mientras sus compañeros de escuela llevaban ropa deportiva de marca e iban siempre a la última moda, ella y su hermana usaban la misma ropa hasta desgastarla completamente. Y como Kayla se había desarrollado antes de lo normal, su ropa jamás le había quedado adecuadamente. Las chicas se burlaban de ella y los chicos pensaban que se vestía con ropa tan estrecha para llamar la atención.

Para cuando había llegado al instituto, no había un solo chico que no proclamara a los cuatro vientos que se había acostado con ella. Kayla, por su parte, había optado por enterrarse en sus libros y no le había contado a nadie, excepto a su hermana, la verdad. Nadie la habría creído aunque lo hubiera hecho.

Kayla intentó apartar aquellos tristes recuerdos de su mente. Aquellos días ya habían pasado y Charmed no era ninguna broma. Jamás lo sería. Era un negocio serio que respondía a necesidades igualmente serias. La verdad era que no le emocionaba tener que aplazar una vez más su vuelta a la universidad para graduarse en idiomas. Había contemplado alguna vez la idea de llegar a ser intérprete, pero no quería hacerlo a expensas de su familia. Charmed era un negocio familiar y la familia era una de las pocas cosas que para Kayla y Catherine eran sagradas.

Tomó su agenda. El fontanero todavía no le había devuelto la llamada. Tenía una gran cabeza para los números y capacidad para memorizar un párrafo de un libro con solo leerlo, pero si no era capaz de recordar los pequeños detalles de la vida cotidiana, su inteligencia no le serviría de nada.



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