
Sus pronósticos indicaban que Charmed obtendría grandes beneficios durante el año siguiente y de esa forma podría dejar de alquilar la habitación en la que se daban clases de gimnasia.
Como ya no tenía nada que hacer, decidió, podía dedicarse a ordenar los libros de sus tíos. Pero antes tomaría un poco de aire fresco. Se dirigió a una de las habitaciones que daban al exterior de la casa con intención de abrir puertas y ventanas. Pero las campanillas de la puerta le advirtieron que acababa de recibir una visita inesperada. Alzó la mirada y estuvo a punto de tropezar en medio de la habitación.
Porque el hombre que acababa de entrar en su casa emanaba fuerza y autoridad desde los pies hasta la última punta de su pelo. Kayla se alegró de no haber comido nada al sentir que el estómago le daba un vuelco. Un vuelco provocado por una extraña mezcla de excitación, aprensión y admiración. Un intenso calor que no tenía absolutamente nada que ver con el radiador estropeado se extendió repentinamente por su cuerpo.
¿Pretendía refrescarse? Pues ni siquiera la fresca brisa de primavera que había entrado tras su visitante conseguiría bajarle la temperatura en ese momento. Desde una perspectiva profesional, aquél era exactamente el tipo de hombre al que le gustaría dirigir su negocio. Y desde un punto de vista más personal, bastaba una mirada de aquel desconocido para hacerla estremecerse.
– ¿En qué puedo ayudarlo? -le preguntó.
Kane asintió, le dirigió una torpe sonrisa y le tendió la mano, pero al instante pareció recapacitar y la retiró. Casi inmediatamente volvió a tendérsela.
Kayla inclinó la cabeza, sorprendida por sus torpes maneras.
– Hola, soy Kayla Luck, la propietaria de Charmed -se presentó Kayla, tendiéndole a su vez la mano.
– Me alegro de conocerla, señora Luck -sin previa advertencia, comenzó a sacudirle la mano con un entusiasmo exagerado-. ¿O debería decir «señorita»? Realmente, debería haberlo preguntado, no me gustaría precipitarme sacando conclusiones que no debo e insultar a una dama que…
