Incapaz de comprender aquella repentina divagación, Kayla lo interrumpió.

– Llámeme como usted prefiera -apartó la mano justo antes de que él le diera un apretón en el brazo.

Contra toda lógica, aquel rudo contacto le gustó.

– Así que es usted «señorita». Mmm, hoy debe de ser mi día de suerte -sacudió la cabeza y rió-. Esto es patético. Con un apellido como el suyo supongo que debe estar oyendo constantemente bromas de ese tipo. Seguro que le recuerdan muchas veces que su apellido significa suerte.

– Demasiado a menudo. ¿Qué puedo…? -Kayla rectificó rápidamente-. ¿Qué es lo que ha venido a buscar exactamente a Charmed, señor…?

– McDermott. Kane McDermott.

– ¿Venía usted para las clases de enología? Porque si es así, la clase ha sido cancelada.

Kane se pasó el dorso de la mano por la frente.

– Y lo comprendo. Esto parece un horno.

– Me temo que desde hace unas horas prácticamente lo es.

– Lo que explica que usted vaya con un vestido de tirantes a pesar de la época del año en la que estamos -desapareció toda traza de azoramiento en su actitud mientras deslizaba sus ojos grises por la piel de Kayla.

Kayla se puso roja como la grana. Empezó a cruzarse de brazos, pero se detuvo a tiempo al darse cuenta de que estaba empeorando la situación. Reconoció al instante la audaz admiración que reflejaban las facciones perfectamente cinceladas de aquel desconocido, la franca apreciación común a casi todos los hombres con los que tenía algún contacto. Durante sus veinticinco años de vida, había aprendido a conocer y odiar aquellas miradas tan indiscretas. Pero, de alguna manera, al sentir los ojos de Kane McDermott taladrando los suyos fue incapaz de sentirse ofendida.



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