Ellie decidió no hacer más comentarios sobre el tema.

– ¿Está seguro de que no está herido?

Él se rascó el pelo marrón rojizo y parpadeó.

– Me duele mucho la cabeza.

– Sospecho que no es sólo por la caída.

Él intentó levantarse, se tambaleó y volvió a sentarse.

– Es una chica de lengua mordaz.

– Lo sé -respondió ella con una sonrisa irónica-. Por eso soy una solterona. Pero no puedo curarle las heridas si no sé dónde están.

– Y muy eficaz -murmuró él-. ¿Y cómo está tan segura de que estoy herizo… herido?

Ellie alzó la mirada hacia el árbol. La rama más cercana que habría podido soportar su peso estaba a unos cinco metros.

– Si ha caído desde allí arriba, no ha podido salir ileso.

Él volvió a agitar la mano en el aire para ignorar sus palabras e intentó levantarse otra vez.

– Ya, bueno, los Wycombe somos duros de pelar. Haría falta más que una… ¡Santo Dios! -gritó.

Ellie hizo un esfuerzo por no sonar petulante cuando dijo:

– ¿Un dolor? ¿Un tirón? ¿Un esguince, quizá? Él entrecerró los ojos marrones mientras se apoyaba en el tronco del árbol.

– Es una mujer dura y cruel, señorita como se llame, por regodearse tanto en mi agonía.

Ellie tosió para camuflar una carcajada.

– Señor Anónimo, debo protestar y señalar que intenté curarle las heridas, pero usted insistió en que no estaba herido.

Él frunció el ceño como un niño pequeño y se sentó.

– Es lord Anónimo -murmuró.

– Está bien, milord -dijo ella, pensando que ojalá no lo hubiera irritado demasiado. Un lord tenía mucho más poder que la hija de un vicario y, si quería, podría hacerle la vida imposible. Ellie abandonó cualquier esperanza de no mancharse el vestido y se sentó en el suelo-. ¿Qué tobillo le duele, milord?

Él señaló el derecho e hizo una mueca cuando ella se lo cogió con las manos. Después de unos instantes de observación, ella lo miró y, con su voz más educada, dijo:



2 из 271