
– Voy a tener que quitarle la bota, milord. ¿Me permite?
– Me gustaba más cuando sacaba fuego por la boca -dijo él entre dientes.
Ellie también se gustaba más así. Sonrió.
– ¿Tiene una navaja?
Él se rió.
– Si cree que voy a darle un arma…
– Muy bien. Entonces, supongo que tendré que estirar -ladeó la cabeza y fingió analizar la situación-. Puede que le duela un poco cuando se quede atascada en el tobillo terriblemente hinchado pero, como usted mismo ha dicho, viene de buena casta y un hombre debería poder soportar un poco de dolor.
– ¿De qué diablos está hablando?
Ellie empezó a sacarle la bota, aunque no tiró demasiado fuerte, porque nunca podría ser tan cruel. Mientras tiraba lo suficiente para demostrarle que la bota no le saldría de forma normal, contuvo el aliento.
Él gritó y Ellie deseó que ojalá no hubiera intentado darle una lección, porque acabó con la cara llena de su aliento apestando a whisky.
– ¿Cuánto ha bebido? -le preguntó mientras intentaba respirar.
– No lo suficiente -gruñó él-. Todavía no han inventando una bebida tan fuerte como para…
– Venga ya -lo interrumpió Ellie-. No soy tan mala.
Para su sorpresa, él se rió.
– Querida -le dijo, en un tono que le dejó claro que se dedicaba a ser un donjuán-, es usted lo menos malo que me ha pasado en los últimos meses.
Ellie sintió un extraño cosquilleo en la nuca ante aquel tosco halago. Dio las gracias de que el sombrero le tapara la cara sonrojada y se centró en el tobillo.
– ¿Ha cambiado de idea acerca de lo de la navaja?
La respuesta fue entregarle la navaja sin rechistar.
– Siempre supe que había un motivo para llevar una encima, aunque nunca lo había descubierto hasta hoy.
La navaja estaba un poco embotada y, al cabo de poco, Ellie tuvo que apretar los dientes del esfuerzo que suponía cortar la bota. Levantó la mirada un segundo.
