– Muy bien, señor Tibbett -dijo con la voz algo ahogada-. Veré… Veré qué puedo hacer.

Salió de la oficina y se tapó la cara con un pañuelo para ocultar las lágrimas de frustración. Se sentía como un animal acorralado. No podría sacar el dinero, y Victoria todavía tardaría varios meses en regresar del continente. Suponía que podría pedir ayuda al suegro de Victoria, el marqués de Castleford, pero no estaba segura de si se alegraría más de su presencia que la señora Foxglove. El marqués no aprobaba a Victoria, y Ellie se imaginaba qué sentiría hacia su hermana.

Caminó sin rumbo por Faversham mientras intentaba poner en orden sus pensamientos. Siempre se había considerado una mujer práctica, una mujer que podía confiar en su cerebro ágil y su ingenio ávido. Nunca había soñado verse en una situación de la que no pudiera salir con su labia.

Y ahora estaba en Faversham, a veinte kilómetros de una casa a la que ni siquiera quería volver. Sin más opciones que…

Ellie meneó la cabeza. No iba a plantearse aceptar la oferta del conde de Billington. Recordó la cara de Sally Foxglove. Y luego esa misma horrible cara empezó a hablar de chimeneas y solteras que deberían entrar y mostrarse agradecidas por esto y lo otro. La opción del conde parecía mejor a cada segundo.

Aunque tenía que reconocer que nunca le había parecido mal, si tomaba la palabra «parecer» en su sentido literal. Era muy apuesto y Ellie tenía la sensación de que él lo sabía. Razonó y se dijo que aquello le restaba puntos. Seguramente, sería engreído. Probablemente, tendría muchas amantes. Imaginaba que al conde no le costaba nada ganarse las atenciones de todo tipo de mujeres, las respetables y las otras.

– ¡Ja! -exclamó en voz alta, y luego miró a su alrededor por si alguien la había oído. El condenado seguro que tenía que quitárselas de encima con un palo. No quería tener a un marido con ese tipo de «problemas».



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