Ellie dibujó una sonrisa forzada porque odiaba que su padre se llevara el mérito por su visión en los negocios, pero sabía que tenía que ser así.

– No exactamente, señor Tibbett. He venido a retirar parte de mis fondos. Para ser precisos, la mitad. -Ellie no estaba segura de cuánto costaría alquilar una casa en una zona respetable de Londres, pero tenía casi trescientas libras ahorradas y creía que con ciento cincuenta tendría de sobra.

– Perfecto -asintió el señor Tibbett-. Sólo necesitaré que su padre venga aquí en persona para retirar los fondos.

Ellie se quedó sin aire.

– ¿Cómo dice?

– En Tibbett & Hurley, nos congratulamos de ser muy escrupulosos. No puedo entregarle el dinero a nadie más. Sólo a su padre.

– Pero si llevo años haciendo negocios con usted -protestó Ellie-. ¡Mi nombre aparece en la cuenta como co-inversora!

– Co-inversora, eso es. Su padre es el titular.

La joven tragó saliva con fuerza.

– Mi padre es un ermitaño. Ya lo sabe. Nunca sale de casa. ¿Cómo voy a hacerlo venir?

El señor Tibbett se encogió de hombros.

– Estaré encantado de visitarlo personalmente.

– No, imposible -dijo Ellie, consciente de que le empezaba a temblar la voz-. Se pone muy nervioso con los extraños. Muy nervioso. El corazón, ya sabe. No podría arriesgarme.

– Entonces, necesitaré instrucciones por escrito con su firma.

Ellie respiró tranquila. Podía falsificar la firma de su padre hasta dormida.

– Y que otro ciudadano responsable sea testigo de la operación -el señor Tibbett entrecerró los ojos-. Usted no sirve como testigo.

– Está bien, ya encontraré…

– Conozco al juez de Bellfield. Quizá puede proponerle que actúe de testigo.

A Ellie se le paró el corazón. Ella también conocía al juez y sabía que sería imposible conseguir que firmara ese documento vital a menos que realmente hubiera visto cómo su padre lo escribía.



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