– Si le hago daño…

– ¡Au!

– Dígamelo -terminó de decir-. Lo siento mucho.

– Es sorprendente -comentó él con la voz cargada de ironía- el poco arrepentimiento que percibo en su voz.

Ella contuvo otra carcajada en la garganta.

– Por el amor de Dios -dijo él entre dientes-, ríase. Hasta el Señor sabe que mi vida es un chiste.

Ellie, cuya vida también había caído en la tristeza desde que su padre viudo había anunciado su intención de casarse con la mayor metomentodo del Bellfield, se sintió identificada con él. No sabía qué podía haber llevado a ese apuesto y rico lord a salir y emborracharse de aquella manera, pero, fuera lo que fuera, le daba pena. Dejó de cortar la bota un segundo, lo miró con los ojos azul oscuros y dijo:

– Me llamo Eleanor Lyndon.

Él suavizó la mirada.

– Muchas gracias por compartir ese dato tan importante conmigo, señorita Lyndon. No suelo permitir que mujeres extrañas me corten la bota.

– A mí tampoco me suelen caer hombres de los árboles. Hombres extraños -añadió con énfasis.

– Ah, sí, debería presentarme, supongo -ladeó la cabeza de forma que Ellie recordó que iba bastante ebrio-. Charles Wycombe, para servirla, señorita Lyndon. Conde de Billington -añadió-, aunque para lo que me sirve.

Ellie lo miró sin parpadear. ¿Billington? Era uno de los solteros más deseados del país. Tanto que hasta ella había oído hablar de él, y Ellie no aparecía en la lista de chicas casaderas de nadie. Se decía que era un donjuán empedernido. Había oído hablar de él en las reuniones del pueblo, aunque, como chica soltera, no tenía acceso a esos cotilleos. Pensaba que su reputación tendría que ser muy oscura si hacía cosas que no se podían ni comentar delante de ella.

También había oído que era increíblemente rico, incluso más que el recién estrenado marido de su hermana Victoria, el conde de Macclesfield. Ellie no podía dar fe de ello, puesto que no había visto sus libros de contabilidad y nunca se había dedicado a especular sobre asuntos financieros sin pruebas. Sin embargo, sabía que la mansión de los Billington era enorme y antigua.



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